Desde Los Altos y del norte


¿Qué obtienes si combinas la apariencia física de un bolillo con el sabor y los ingredientes tradicionales de un churro? 

Es crujiente por fuera, suave y esponjoso por dentro. Al morderlo, su dulce relleno comienza a desbordarse de la masa. La combinación de cajeta y churro se infiltran en la nariz de cualquiera que lo tenga a tal alcance. 

Desde Los Altos de Jalisco, Atotonilco y Tepatitlán, el churro gordo hace una aparición en un pequeño carrito entre los juegos mecánicos de las Fiestas de Octubre. Diego González Díaz, de 22 años, inauguró Churrotlán en la edición número 54 de este festival cultural.  Lo que hace diferente a este churro de los tradicionales de pivote es su semejanza a un bolillo o un pan. Su forma larga y ovalada puede ser rellena de cajeta, nutella, lechera, fresa, zarzamora y hasta combinado. 

Después de comenzar y pausar su negocio de churros en el 2017, Diego decidió comenzar desde cero con una nueva imagen y concepto, pero la misma receta secreta de su abuelo. “Jamás imaginé tener un negocio de churros, pero cuando veía a mi abuelo que empezó con el negocio, me lo quiso compartir y me pareció una buena idea seguir el negocio familiar”, dice Diego mientras su voz se llena de emoción y sus ojos expresan regocijo. 

“El negocio de la comida siempre me ha dado mucho gozo, porque el simple hecho de ver a las personas disfrutarlo es algo que da gusto”, dice el joven emprendedor cuando habla de las razones por las cuales retomó la venta de esta comida tan popular. “El saber que tu das más de lo que deberías para mantener una limpieza, una calidad y que la gente lo vea y te retribuya, trae satisfacción”, menciona Diego. 

Para este postre originario de España, los días fuertes en la feria siempre son viernes, sábado y domingo, cuando es notorio que las personas vayan a pasar un fin de semana lleno de gula. Los conciertos jalan tanto a asistentes a la feria, como al puesto de Diego. En un día muy bueno sus manos trabajan lo suficiente para vender alrededor de 300 churros. En un día normal sus manos descansan, ya que vende de 120 a 150 churros. 

38 años de glotonería 

Dar con El Burro Norteño en el pasillo de la comida en las Fiestas de Octubre es como buscar una aguja en un pajar. El puesto se encuentra en una tarima rodeada por el mismo tipo de alimentos: huaraches, gringas, hot dogs y banderillas. El trayecto a los burros es casi de punta a punta del área de comida. En esos cinco minutos escuchas el aceite de algún local hervir y sientes tres aromas diferentes pasar por tu nariz. 

“No hay tortilla”, advierte Miguel Alonso Valdez cuando te acercas a la caja de El Burro Norteño. “En 25 minutos vienen con las tortillas”, avisa el hombre, pero esos 25 minutos se convirtieron en un trayecto de punta a punta de la línea 1 del tren ligero. 

Casi una hora después, los comensales se forman para poder ordenar su medio metro de harina. Su compañero empieza a calentar los guisados que tienen listos para servir: Frijoles, barbacoa, chicharrón, adobada con papa y pastor. El vapor comienza a brotar de la hilera de ollas que tienen y los burros comienzan a salir como pan caliente. 

Miguel tiene trabajando para El Burro Norteño casi 14 años. Cuenta que el concepto de este negocio nació a partir de lo que es el burro sonorense, o el burro percheron. Cuenta que, de los 54 años que tienen las Fiestas de Octubre, El Burro tiene alrededor de 38 años llenando los estómagos de la concurrencia. 

Si se analizan los locales de comida, se nota que hay poca variedad y los huaraches son lo que más destaca, pues a cada lado que volteas hay un letrero que diga “huaraches”. Parece que no puedes escapar de ellos. 

“No hay competencia”, señala Miguel cuando habla sobre ser el único puesto notorio de burros. “Antes había una familia aquí y eran ocho: El Súper Burro, Súper Sonora, El Tapatío, El Burro Norteño, entre otros, estaban aquí”. Ahora parece que el Norteño es el único que prevalece. 

El local con inspiración sonorense en ocasiones aparenta estar solo, pero con su accesible precio de 60 pesos por 50 centímetros de tortilla con algún guisado por dentro, pronto comienza a recibir a comensales listos para desembolsar su billetera. 

A los dos empleados no parece sorprenderles o molestar el poco flujo de personas, pues saben que al final del día venderán de 30 a 50 mil pesos, esto en un día promedio. Los días más fuertes para ellos en las fiestas siempre son la primera semana y los últimos días, donde los burros les producen hasta arriba de 60 mil pesos. 

Sin prejuicios ni expectativas y un gran apetito. Es la única forma de acercarte y permitirte una nueva experiencia culinaria, por más sencilla que parezca, en las Fiestas de Octubre. 

Leave a comment